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miércoles, 8 de diciembre de 2010

FIVE GRAVES TO CAIRO (1943)

SOBRE HÉROES Y TUMBAS

Sorprendente película con una fluida trama que absorbe desde el principio.

En el remoto hotel del norte de África el perfil psicológico de los personajes se equipara a su imagen estereotipada como pueblo.
Así, en magníficas caracterizaciones, descubrimos al egipcio Farid, temeroso y servil, sabiéndose no dueño de su destino y a punto de perderlo todo; al prepotente y sagaz Rommel sabedor de ser el centro del mundo y deleitándose en ello; al despistado e inconsciente general Bastiano que avanza por la vida y la guerra como si de una alocada opereta se tratase y a la camarera Mouche, a quien el conflicto ha encontrado en el sitio equivocado y sólo afecta, en contraposicion a Brombel, en la medida que perjudique sus intereses.

A los ingleses, la historia y en este caso el guionista, les ha adjudicado la astucia como su mejor baza y el camarero Davos (cabo Brombel), la utiliza sin preocuparse demasiado por lo que deja atrás, en aras de una patriótica misión de altas miras.

Sólo una pega, el tema de los héroes autoinmolados por una causa común ha acabado por cansarme con los años.

Y el detalle de la sombrillita, sobraba.




miércoles, 10 de noviembre de 2010

LA CARTA (1940)

LA ESCENA


Son seis disparos en total.
Mientras la cámara enfoca una casa de estilo colonial, escuchamos el primero.
El hombre recibe el segundo cuando sale al porche e intenta bajar las escaleras.
La mujer, que le ha seguido de cerca, dispara los cuatro últimos seguidos y a bocajarro.
Empuña la pistola con brazo estirado y férreo para evitar que el retroceso desacomode el arma y pueda errar los tiros. En su cara de labios apretados, asoma el desprecio y la rabia.
Sabe lo que hace.
Lo hemos visto y por eso no acaba de convencernos su explicación a posteriori.
Pero sólo a nosotros.

martes, 9 de noviembre de 2010

LA LOBA (1941)

LA ESCENA

Herbert Marshall intenta llegar a su habitación mientras la cámara recoge un primer plano de Bette Davis sentada de espaldas a él.

Y en su rostro, todo un mundo, que queda adherido al celuloide dejando la impronta de su siniestra perversidad.